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Celebridades
15 de Enero del 2017, 17:32 horas

Carolina Herrera, la emperatriz de Manhattan

Llegó a la moda por casualidad, cuando ya tenía 42 años y cuatro hijas. Hasta entonces era una dama burguesa exquisita e inquieta

Agencias

UNO SE TOPA con “la señora” de espaldas, a contraluz, en mitad del salón bañado por el sol de mediodía de su estudio de la Séptima Avenida, y se le ocurre que podría ser una maestra de danza, con esa silueta menuda, erguida y hierática; la melena corta; la cabeza alta; las manos (desnudas y masculinas), reposando en las caderas; un atuendo estricto, de un minimalismo militar, y un armonioso balanceo al andar, desenvuelto y cimbreante, a bordo de sus tacones de ocho centímetros. Se mueve como si estuviera entrando en el restaurante más cool del Uptown. Dicen en el mundo de la moda que nadie lo hace como ella.

“Soy una malísima cocinera que no sabe ni hervir agua. fui educada para ser la señora de su hogar, Dirigir bien al servicio y tener muchos hijos”

Su voz es autoritaria, profunda y teatral, con un ligero deje venezolano. Su sentido del humor, refinado e irreverente. Como sus trajes de noche. “Pero siempre con buen gusto, no se confunda”. Podría ser un personaje de Scott Fitzgerald. Una Zelda en sus cabales.

Tiene ojos negros de latina y cutis de adolescente. Solo hace una concesión a la frivolidad con su lápiz de labios rojo ferrari, como el retrato que le hizo Andy Warhol y que cubre una pared de su despacho, rodeado por una gran terraza con cantos rodados y macizos de boj y repleto de libros de amigos desaparecidos (Dalí, Diana Vreeland, Gore Vidal) y viejas fotografías.

Entre ellas, en la que posó en blanco y negro para el maldito Robert Mapplethorpe, al que conoció en Mustique, en el Caribe, en el entorno de la princesa Margarita (hermana de la reina de Inglaterra), Mick Jagger y el dueño de la isla desde 1958, lord Glenconner. “Bob Mapplethorpe era guapo, encantador y muy educado. Coincidimos en un vuelo privado y nos caímos muy bien. Era muy talentoso; rompedor.

Me rogó que posara para él. Era pobre. No tenía ni asistente. Mi marido le ayudó con las luces. Murió muy joven. Como Halston [el gran modista americano] y Steve Rubell [el dueño de la discoteca Studio 54, donde se mezclaban lo más salvaje y lo más chic de Manhattan]. Los ochenta fueron bellos y terribles”.


fin


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